¿Sumiso de nacimiento?

Quiero contaros en este texto desde cuándo soy sumiso y la importancia que tuvo la televisión en despertar mi manejable y dócil conciencia de siervo. En cualquier caso, creo que soy sumiso desde el principio, desde que es posible serlo. No puedo tener en cuenta una fecha más o menos precisa, pero sí un acontecimiento, y en mi caso este hecho estaba íntimamente ligado a la televisión en blanco y negro que veía junto a mis amigos. Correría el año 77 o 78 cuando viendo una serie de televisión recibí, con el misterio de un ángelus, el primer aviso. Yo, por aquel entonces, no recuerdo ni siquiera si me masturbaba, supongo que no. Se trataba de una serie de dibujos animados, una versión muy libre de Tarzán. En un momento dado, el héroe de la serie cayó atrapado en las redes de unas mujeres dominantes y poderosas llamadas amazonas (ya dije antes que era una versión muy libre). De pronto, en una secuencia, aparecieron unos hombres encadenados a los remos de un barco que eran hostigados y apremiados a latigazos para que remaran. En ese momento me llegó el mensaje, miré a mis amigos y comprendí que no veían lo mismo que yo, a mí me recorría el cuerpo, desde la cabeza a los pies, un escalofrío electrizante que me dejó hipertenso para el resto de la tarde. No quise darle más importancia, tampoco podía comparar con otras sensaciones, pues a tan corta edad no tenía ningún precedente con el que establecer analogías, ni tampoco una razón para explicar lo que me había ocurrido.
El siguiente mensaje fue a través de Star Trek, un capítulo que vi por casualidad, tendría unos doce años. Uno de los personajes femeninos, abducida por no sé qué poder externo, era capaz de subyugar a cuantos quisiera con la fuerza de su voz y de su mirada. La pobre no era dueña de sus actos, pero hizo que uno de los tripulantes de la nave se arrodillara ante ella, nunca lo olvidaré, le dijo: “arrodíllate a mis pies, arrodíllate ante mí” esa vez ya no es que fuera un escalofrío, directamente experimenté una erección equina que me hizo relinchar como un garañón lorquiano.
La contemplación de estas dos escenas fueron las que me avisaron a mí mismo de lo que era.
Finalmente, esto ya en la en la adolescencia, cuando ya tenía muy claro que era sumiso, llegó la gran Diana, la mala malísima de V, la lagarta más perversa de la televisión. Su cara me fascinaba, su poderosa mirada (también resultaba enigmática e interesante con gafas), su sonrisa perversa, y esos dos preciosos glúteos que tanto marcaba y en los que tantas veces he deseaba depositar mis besos. Muchas de las secuencias en las que participaba la lagarta Diana contenían, a mi juicio, una poderosísima carga erótica, que en ocasiones me llevaban al borde de la ignición. Pero, como ya digo, en aquel momento ya sabía lo que era, ya no me sorprendía por la reacción de mi propio cuerpo, algo que sí ocurrió en las dos experiencias anteriores, cuando todavía era un niño.

esclavo res

*Gracias res, por tu escrito y por querer compartirlo conmigo y con tod@s en mi blog. Un besito :)